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Paseos nocturnos [Privado]

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Paseos nocturnos [Privado]

Mensaje por Lestat de Lioncourt el Mar Sep 13, 2016 7:27 pm



Paseos nocturnos


Privado
París 6/01/1940

Se ocultaba el sol en el horizonte. El cielo reflejaba el rojizo atardecer que evocaba mis recuerdos de cacerías nocturnas, haciendo mi boca agua con el solo pensamiento de pasear por las calles en el único momento en que la muerte no rondaría mi cuerpo, en busca de una suave garganta, atrayente con un perfume floral, o quizá el fuerte cuello de piel curtida natural en hombres de duro trabajo. El tiempo de vagar, cuando la luz es tenue y los depredadores pasean entre sus presas con atrayentes miradas de misterio intrigante, parecía llegar de igual modo en cualquier parte del mundo; estuviera en Londres o en chicago, mi cuerpo se tensaba en exquisita anticipación, mi mirada se agudizaba por breves instantes, en un momento de confusión cristalina, cuando mis ojos se acostumbraban a la escasez de brillo que a los mortales tanta falta hacía… Sí, la sensación era la misma, pero cada lugar tenía su propia belleza; y aunque el sol se retiraba de igual modo de los bellos lirios que solía mantener alrededor, cuando mi alma soportaba su belleza, para recordarme aquella obra del gran maestro, no podía evitar que la locura que habitaba en mi corazón se alzara con fuerza, cual monstruo dormido en las profundidades del mar que penetra la superficie de las inquietas olas batientes al ver algo que le interesa.

Y es que mi locura latente, aquellos apreciados momentos de emoción intensa, parecía estar ligada a ciertas ciudades, pequeñas joyas del mundo que lograban resplandecer incluso en medio de la fealdad de la guerra. Quizá era el apego a las raíces lo que me hacía desear volver cada tanto a mi ciudad natal, y es que ¿Cómo no amar París? La capital europea indiscutida por cuanto artista se deseara interrogar, y es que París responde a todo lo que el corazón anhela: uno puede aburrirse, divertirse, llorar, reír, o dar alas a ideas que permanecen en lugares ocultos de la mente, ideas locas, extravagantes, inquietantes o sensuales… Todo sin llamar la atención puesto que miles de otras figuras anónimas hacen otro tanto, y cada uno como quiere.

Así pues, una vez llegó la noche y el cielo fue cubierto por el manto oscuro bañado con la tenue luz de indolentes estrellas distantes, me dispuse a salir; traje negro y cabello suelto, de modo que pudiera ser agitado por la ocasional brisa juguetona, ¡y ya estaba listo para pasear por aquellas calles impregnadas de encanto! Deseaba beberme la ciudad como si estuviera hecha de sangre, mientras permanecía a la caza de una nueva víctima que permanecía inconsciente de la muerte que acechaba en la sombra de un callejón oscuro. Y es que la atmósfera en Francia resultaba envolvente; el mundo había pasado ya por una gran guerra años atrás, antes de la cual hubo grandes dificultades económicas acompañadas del consecuente desempleo; lo que no hizo sino acrecentarse tras la primera guerra mundial, que inmediatamente fue seguida por una enorme devaluación. Como los golpes adoran llegar por montones, y el universo no se permite escatimar con las desgracias, la gran depresión de final de los años veinte no tardó en unirse al sin fin de dificultades económicas; que fueron servidas en un plato aún tibio de descontento e incertidumbre sazonada por las dificultades políticas, los retos de la modernidad y los peligros de la decadencia. Los grandes dirigentes –políticos, sino todos, al menos la mayoría- andaban en busca de los siempre necesarios chivos expiatorios, y los encontraron en los judíos. Con todo ello la nación alemana crecía en fuerza, de modo que aquella era la situación en el mundo: un caos.

Pero no era así en las calles parisinas.

Los franceses permanecían seguros, confiados en la fuerza de su gran ejército -uno de los mejores del mundo, Se solía decir-, y resguardados tras las medidas de seguridad que se creían infranqueables: protegidos por el éste por la impenetrable línea Maginot, y confiados de la ayuda de la fuerza expedicionaria británica para afrontar una invasión por el norte; la amenaza de la guerra llevada adelante por los alemanes, parecían rumores de un mal sueño que poco y nada tenía que ver con ellos. Yo lo sabía mejor, por supuesto; pero ello no impide que me permita disfrutar del encanto de una ciudad que no ha sido mancillada por la crueldad de la guerra, aunque ciertamente los ánimos permanecían inquietos, pues la duda nacida del temor, una vez hecha raíces, se niega a ser exterminada por nada que no sea la certeza absoluta.

Pero eso estaba bien; comprendía el caos, y lo adoraba; yo mismo soy la prueba de su existencia, la muestra latente de que la esperanza no puede ser encadenada ni oprimida, así que… ¿qué era un poco de inquietud si podía pasear con tranquilidad relativa? Qué, ciertamente; nada, no era nada, más aún para mí que mi cuerpo ya no era tan frágil; pero tales beneficios exigían su pago, y aquel era el motivo por el que deambulaba por callejones oscuros. Referencias ya he hecho al precioso líquido vital que es lo más importante para cualquier criatura, pero dudo mucho podáis comprender lo que realmente significa para un malvado hijo de la noche como yo la necesidad de beber y beber, aún cuando el cuerpo de la víctima lucha por permanecer sujeto a un débil atisbo de realidad, sin poder retener la vida que se le escapa; cuando sus fuerzas flaquean y su sangre quema a la vida pareciendo más larga su muerte que vida alguna. Sangre, sangre, sangre, aquello que nos mantiene erguidos aunque no lo sepamos, aquella ambrosía que se transforma en un banquete para los sentidos, persuadiendo a la mente de falsedades oscuras que encandilan las percepciones, con ilusiones banales de toda importancia por apenas un instante fugaz.

En busca de aquel momento dorado, glorioso, me encontraba recorriendo las calles; mis pasos a penas un murmullo, un rumor distante, un sonido apagado que la mente convence de que no se alcanza a oír en el efímero segundo en que se logra registrar antes de ser ignorado; mi respiración casi inexistente, contenida y liberada únicamente para olisquear la fragancia de la brisa nocturna que arrastra consigo la promesa de cuerpos calientes; y mi sed apremiante, consumiéndolo todo, incluido cualquier atisbo de pensamiento de pasajera importancia, permitiéndome conservar tan solo aquellas ideas más fuertes que no pueden ser apagadas cual vela titilante en noche de invierno. Así era como me encontraba al sumergirme en la emoción de la caza; un monstruo, una bestia, un depredador, que aunque hermoso, siempre mortal.

En la distancia, bajo la mortecina luz de los argénteos rayos de la luz de la luna, mi mirada pudo captar una silueta invitante; solitaria, desprevenida, y lo más importante, llena de sangre; parecía llamarme cual canto de sirena insistente, forzándome a caminar entre las sombras, dejando salir de manera ocasional y repentina un ligero sonido que advirtiera de la amenaza que se le aproximaba; una patada a una piedra pequeña, un paso más fuerte que los anteriores… sutiles indicativos destinados a llamar la atención y despertar el miedo, dispuesto a dar inicio a la cacería.


Lestat de Lioncourt
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