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—Into The Evernight [Privado]

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—Into The Evernight [Privado]

Mensaje por Brynhildr el Mar Jul 19, 2016 2:50 am

El brusco crujido de los camiones atravesando los caminos de tierra irrumpía en el oscuro bosque, espantando a su camino todas las aves que dormían en las copas de los arboles adyacentes al trecho. Iban dentro de la caravana un numero de tropas de la Wehrmacht, armadas con sus rifles y una nefasta y ciega disposición. Varsovia les esperaba, y solo unos minutos les separaba de la avasallada ciudad Polaca, donde serian asignados a puestos de guardia de diversa variedad.

En el ultimo vehículo del convoy se sentaba en silencio la fantasmagórica figura de la reina valquiria, reposando su colosal lanza al hombro. Llevaba encima su purpurea armadura boreal, custodiada con una gabardina de cuero con capucha, negra como la noche. Estaba claro que el propósito de la prenda era ocultar la brillante forma de la lancera, y los únicos adornos del monótono atavío eran una medalla en forma de águila encima del bolsillo del pecho, y la insignia de la Schuttaffel en el brazo izquierdo.

Junto a ella, cuatro oficiales de la división paranormal le mantenían bajo rigurosa vigilancia, cada uno aferrándose temblorosamente a una Mauser modificada con luminosas runas, buscando en la pequeña pistola el valor para mirar a aquella presencia de otro mundo a los ojos. Por el recorrido entre campos, empezado en la frontera alemana, ninguno de los cinco pasajeros llego a decir algo o hacer un solo ruido; rompiendo la invariabilidad del ambiente solo la luz trémula que se balanceaba en el techo del camión, y que parpadeaba cada vez que las llantas del transporte pasaban encima de un bache en el camino.

Las luces de Varsovia ya se podían ver claramente, colgando al fondo solo un cielo oscuro y sin luna, cuando súbitamente el camión empezó a detenerse. El escuadrón de Thule abrazo sus armas como si sus vidas dependieran de ello, y se prepararon para lo peor. Momentos después, escucharon una voz proveniente del frente del desfile de maquinas; mas adelante uno de los transportes había sufrido una avería del motor, y arreglarlo tomaría al menos diez minutos.

Los soldados palidecieron, miraron a la pálida mujer cuya expresión melancólica no cambiaba, y fue hasta entonces que esta hablo, en una voz muy suave, casi al punto de perderse entre el susurro de los vientos afuera. — Podría... ser una emboscada. Podría... solo es una posibilidad... — Prefirió quedarse de nuevo callada, completamente inmóvil ante los cuatro cañones de nueve milímetros que le apuntaban. Todos ahí sabían que aparte de los sellos de comando que la Sociedad de Thule poseía, nada en el mundo podría detener una Servant de clase caballero, salvo quizás por otro ente espiritual de similar calibre. El uso de armas de fuego, por mas que fueran encantadas mágicamente con runas, era una pantomima que usaban los oficiales para sentir al menos un poco de control sobre la situación.

Mas el deber era obvio, y lo que había dicho la doncella seguía siendo lógico. De cada camión emergió un par de soldados, y del ultimo salieron los cuatro militantes de la división paranormal y la delicada figura de la Aesir, camuflada por el oscurecido cuero de su capucha. Definidas sus formas por las pálidas luces eléctricas emanando del convoy, los escuadrones se organizaron en dos grandes grupos y se adentraron en la vegetación adyacente a ambos lados de la carretera, cuyos frondosos arboles filtraban el resplandor de los reflectores y moldeaban caprichosas sombras en el suelo.

La doncella permanecía atenta a cada sonido, cada murmullo que pudiera no ser producto de la naturaleza que rodeaba. Se decía que aun en pleno Blietzkrieg, los rebeldes polacos ideaban su contraataque, atacando las tropas usando el velo umbral a su favor, como la bestia que aun herida por la flecha del cazador, guía sus astas al pecho de este en resarcimiento. Y por supuesto, ni siquiera los propios soldados alemanes confiaban en la sanidad de la inestable invitada, cuya voz era inquietante, y se decía que traía una sensación gélida a las almas de los hombres que se atrevían a oírla hablar.

Los soldados que la acompañaban no llevaban cuenta del tiempo transcurrido, pero si deseaban que los mecánicos terminaran su trabajo pronto, y ellos pudieran suspender la patrulla que les hacia arriesgar el cuello en pleno territorio enemigo.
Brynhildr
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